Eso, un aviso institucional y salud!

A los 184 años de la primera fundación de la República y en medio de un proceso de transformación estructural —no exento de frustraciones, contradicciones y dolores—, asistimos a la refundación de Bolivia (hoy Estado Plurinacional, le pese a quien le pese), que nos exige, más que lamentos por lo que se queda atrás, un decidido esfuerzo por hacer realidad lo que queremos del futuro.
Si atendemos a los constantes lamentos de los viejos dirigentes, de los que se quisieran alternativa al actual Gobierno, de los que se saben desplazados del poder, deberíamos comenzar a buscar un lugar donde emigrar, pues estamos a un paso del momento en que se apaga la luz y el último en salir cierra la puerta. Si escuchamos a quienes desde el ejercicio del poder se llenan la boca con el “proceso de cambio” y sus maravillas, deberíamos sentarnos a disfrutar de un país nuevo y a hacer planes para “sacarle el jugo” a nuestra recién estrenada plurinacionalidad, a nuestra condición intercultural.
Pero, ay, ambas posiciones están equivocadas.
El momento histórico que vivimos no es ni un camino equivocado ni, mucho menos, el final del escarpado sendero. Todo lo contrario: estamos recién en la primera fase de un largo recorrido que, bien andado, nos permitirá superar gruesos errores arrastrados por casi dos siglos. No otra cosa significa asumir que detrás de la etiqueta de “pluricultural y multilingüe” hay seres humanos cuya diversidad siempre ha escandalizado a cuantas personas aún hoy creen que la única manera de construir nación es haciendo valer sus diplomas académicos, su pretendida condición de “intelectuales” o sus pequeñas certezas de que el desarrollo es una calle de sentido único en la que hay que derribar cualquier obstáculo que aparezca, incluso si éste es, irónicamente, el pueblo cuyos intereses se dice defender.
Cuánto bien nos haríamos —le haríamos a Bolivia— si en vez de rasgarnos las vestiduras o afilar las espadas para impedir el avance del proceso invirtiésemos esa misma energía en aprender de la sabiduría implícita en los actos de esos que algunos desaforados llaman “ignaros”, “rústicos” o, simplemente, “indios ignorantes”, en comprender que las verdaderas respuestas a la incertidumbre no están en los dictados de las potencias, sino en el modo en que cotidianamente satisfacen sus necesidades quienes desde su marginación, su exclusión, hallan razones para seguir y encima les sobra para alimentar la esperanza.
Seguramente todos esos discursos que hablan de democracia tendrían sentido, podrían convertirse en acción constructiva si quienes los pronuncian tuviesen el valor de abandonar sus cómodas torres de marfil, los elegantes salones donde discuten lo mal que les sienta la transformación estructural y comenzaran a escuchar al que piensa distinto, no “tolerando”, sino compartiendo, aprendiendo y, sobre todo, mirando las cosas que unen y no las que dividen.
Todo esto no debe ser fácil, sobre todo para quienes siempre se han creído naturalmente dotados para señalar el camino y hoy son presa de una incertidumbre tan grande que sólo produce confusión e inspira actitudes insensatas. Sin embargo, no es imposible, pues al señalarse la urgencia de “defender la democracia” o “evitar la tentación autoritaria” se está planteando un camino que todos —y no sólo los de la vereda del frente— debemos transitar.
¿Qué mejor regalo podemos imaginar para Bolivia que el esfuerzo de ser todos partícipes y, sobre todo, responsables de su devenir?