martes, 10 de marzo de 2009


Yo quise ser como los hombres quisieron
que yo fuese: un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies, planos sobre la tierra promisora
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas
para alcanzar el beso de los senderos nuevos.


A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.


Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía se separaba más
y más y más de los lejanos horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la expresión que le venía
de adentro, la expresión definida que asomaba
un sentimiento de liberación íntima;
un sentimiento que surgía del equilibrio sostenido
entre mi vida y la verdad del beso de los senderos nuevos.


Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia, de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas
de todos los hombres y de todas las épocas.


Y fui toda en mí como fue en mí la vida…


Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida; un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos, se me torció el
deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.



Yo misma fuí mi ruta - Julia de Burgos








Se sabe, lo afirma Marcos, que “el primer alzamiento del EZLN fue en marzo de 1993 y lo encabezaron las mujeres zapatistas. No hubo bajas y ganaron. Cosas de estas tierras”. De ahí nace la ley revolucionaria de las mujeres, ley que ampara al 45% del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, compuesto por mujeres. El 45% del EZLN compuesto por mujeres...


Hace dos días, en el marco del homenaje por el día internacional de la mujer, muchas organizaciones, instituciones, iglesias (el mismísimo papa) personas particulares, celebridades, gobiernos, movimientos sociales y/ políticos elevaron su voz para reivindicar los derechos de las mujeres en el mundo.


En las comunidades liberadas de Chiapas, era un día normal...

____________________________________________________________________

Los 10 artículos de la Ley Revolucionaria de Mujeres.

Primero: Las mujeres, sin importar su raza, credo, color o filiación política, tienen derecho a participar en la lucha revolucionaria en el lugar y grado que su voluntad y capacidad determinen.

Segundo: Las mujeres tienen derecho de trabajar y recibir un salario justo.

Tercero: Las mujeres tienen derecho a decidir el número de hijos que pueden tener y cuidar.

Cuarto: Las mujeres tienen derecho a participar en los asuntos de la comunidad y tener cargo si son elegidas libre y democráticamente.

Quinto: Las mujeres y sus hijos tienen derecho a atención primaria en su salud y alimentación.

Sexto: Las mujeres tienen derecho a la educación.

Séptimo: Las mujeres tienen derecho a elegir su pareja y a no ser obligadas por la fuerza a contraer matrimonio.

Octavo: Ninguna mujer podrá ser golpeada o maltratada físicamente ni por familiares ni por extraños. Los delitos de intento de violación o violación serán castigados severamente.

Noveno: Las mujeres podrán ocupar cargos de dirección en la organización y tener grados militares en las fuerzas armadas revolucionarias.

Décimo: Las mujeres tendrán todos los derechos y obligaciones que señalan las leyes y reglamentos revolucionarios.

 
posted by La Vero Vero at 10:37 AM |


1 Comments:


At 11 de marzo de 2009 13:30, Blogger La Vero Vero

Más señales desde el ejemplo, desde la esperanza.
__________________________

Los zapatistas ya erradicaron alcoholismo y drogadicción

Instituciones chiapanecas no registran los indicadores


Hermann Bellinghausen (Enviado) -La Jornada | Sábado 7 de marzo de 2009

Municipio autónomo Lucio Cabañas, Chis., 6 de marzo.

Un logro de salud indiscutible de las comunidades zapatistas es la erradicación del alcoholismo desde hace 20 años. Se dice rápido. La diferencia en la cotidianidad familiar y comunitaria es profunda e implica menos violencia, lo cual ya es un indicador de sanidad. Y más tratándose de pueblos indígenas y conociendo los estragos que causa en ellos el alcohol, siempre de mala calidad.

Lo registran crónicas y novelas: a los indios se les controla con trago. Estos mismos pueblos de Chiapas visitó Fernando Benítez en los años 70 y los encontró postrados, con la dignidad humillada, ebrios como en epidemia. Hoy eso nunca se ve en las comunidades en resistencia. Las fiestas que han prodigado durante 15 años, visibles o discretas, grandes o pequeñas, siempre de baile hasta el amanecer, transcurren sin gota de alcohol. Es una excepción absoluta a escala nacional, con carnavales y fiestas patronales a golpe de posh, aguardiente o brandy sintético. Y sin ir más lejos, cualquier fin de semana.

Al no beber, los campesinos, en particular los varones, eliminan el riesgo de enfermedades frecuentes en los pueblos indígenas: úlcera, cirrosis, desnutrición y heridas con machete por "quítame de ahí esas pajas". No se refleja en los indicadores de salud de las instituciones gubernamentales, pero su efecto en salud pública, bien mirado, es espectacular.

No se diga la inexistencia de consumo o comercio de drogas, tampoco permitidos en las comunidades autónomas. El retorno al alcoholismo suele ser el camino de las deserciones en comunidades divididas e instrumento estelar en las estrategias de contrainsurgencia desde 1995.

El mural en la fachada de la clínica autónoma Esperanza de los Pobres, pintado por los propios promotores de la salud, flanquea el acceso a las instalaciones, tan pobres como su nombre lo indica, pero de una limpieza que rechina en los ojos. Su parte principal es como un libro abierto con instrucciones para el camino de la salud. También es una pintura que podría estar expuesta en un museo, aunque sólo hable del aseo personal y el comunitario, la letrina, los pasos para separar la basura, atar los animales, barrer el patio. Todo expresivamente ilustrado.

Los promotores de guardia, un joven y una muchacha, tzotziles muy avispados, permiten a La Jornada recorrer sus instalaciones. Un consultorio amplio, apenas equipado con una mesa de exploración e instrumental básico; bajo el vidrio del escritorio, una foto grande del doctor Ernesto Che Guevara. Una sala de ginecología para control de embarazo, partos y exámenes. Un área dental. Una farmacia con lo más básico, ordenada con cuidado. "Atendemos aquí y a domicilio", afirma el promotor. "Rara vez contamos con un médico, pero acompañamos a la gente que debe ir al hospital". Desde aquí se distribuyen también las vacunas del municipio autónomo.

Sobre un asiento trasero de combi, apoyado en la pared de la entrada, se lee: "sala de espera". Nos guían al laboratorio donde se realizan biometrías, exámenes de orina, el Barr para tuberculosis, coprocultivos, Papanicolau. Anochece. Llega apresuradamente una familia indígena con un bebé llorando. El promotor los acompaña al consultorio.

"Esa es la ambulancia", señala Irma, la promotora, hacia una combi acondicionada para trasladar enfermos. Hace años que es promotora, y parece disfrutarlo. Si algo resalta en las clínicas autónomas zapatistas es la falta absoluta de negligencia. No podrían tenerla, además. Las comunidades no lo permitirían.

De la oscuridad de la calle brotan tres figuras; una de ellas encobijada. Es un anciano con dificultades severas para respirar. Irma se despide y conduce al anciano al interior de la clínica. Hay noches que aquí no duermen, como en los hospitales grandes.